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LLAMARSE COMUNISTAS, ESA ERA SU “CONDENA”

  • Writer: Shirley Ruiz
    Shirley Ruiz
  • 19 hours ago
  • 6 min read
Marcha en las calles de Caracas, 2016. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.
Marcha en las calles de Caracas, 2016. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.

¿Qué va a pasar?


Nos lo preguntamos desde las montañas hasta las costas, desde las calles donde late la vida cotidiana hasta los espacios donde se toman decisiones que alcanzan a generaciones enteras. ¿Qué va a pasar? Tal vez no ocurra nada. Tal vez ocurra todo.


Durante mucho tiempo, el miedo al comunismo ha recorrido América Latina como un viento antiguo que parece negarse a desaparecer. Ha sembrado dudas donde pudo florecer el diálogo, ha levantado muros donde pudieron tenderse puentes y ha convertido la esperanza en sospecha. A fuerza de repetirse, ese miedo se transformó en una sombra persistente que acompaña cada conversación sobre justicia, igualdad y transformación social.


Generación tras generación, se ha enseñado a temer aquello que cuestiona el orden establecido. Se ha hecho creer que todo anhelo profundo de cambio encierra una amenaza y que toda inconformidad es un peligro. Así, la diferencia fue convertida en enemiga, y la crítica, en motivo de desconfianza.


Mientras tanto, los pueblos continúan enfrentando viejas heridas: la pobreza que persiste como una cicatriz abierta, la desigualdad que se transmite de una generación a otra, la corrupción que cambia de rostro, pero no de naturaleza, y la indiferencia que se instala donde debería habitar la solidaridad. Quienes alzan la voz para reclamar dignidad suelen ser observados con recelo, como si aspirar a una vida mejor fuera una falta y no un derecho.


El miedo ha sido una herramienta poderosa. No siempre llega acompañado de discursos grandilocuentes. A veces aparece como un rumor, una advertencia o una inquietud sembrada en silencio. Se instala en la imaginación colectiva y convence a las personas de temerle más a la posibilidad de un cambio que a las injusticias que enfrentan cada día.


Por eso, América Latina parece caminar desde hace décadas entre dos fuegos: el de las promesas incumplidas y el de los temores cuidadosamente alimentados. En ese recorrido, muchos han crecido escuchando que toda transformación profunda conduce inevitablemente al desastre, mientras contemplan cómo las desigualdades continúan reproduciéndose con obstinada persistencia.


Y, sin embargo, los pueblos siguen soñando.


Siguen reuniéndose en plazas, comunidades, centros de estudio, espacios culturales y rincones donde todavía es posible imaginar el futuro. Porque más allá de cualquier ideología existe una aspiración profundamente humana: Vivir con dignidad, compartir oportunidades y construir sociedades donde cada persona sea reconocida en su valor y en su humanidad.


Es precisamente allí donde surge la necesidad de comprender aquello que durante tanto tiempo ha sido motivo de temor.


Hablar del Comunismo no es una tarea sencilla. Sería fácil repetir definiciones desgastadas, consignas heredadas o argumentos que han viajado durante generaciones. Pero las grandes ideas no habitan únicamente en los libros ni en los discursos; habitan en la memoria colectiva, en los sueños, en las luchas y en las esperanzas de los pueblos.


Cuando se habla de Comunismo, no se habla solamente de una doctrina política o económica. Se habla también de una pregunta que ha acompañado a la humanidad durante siglos: ¿Por qué algunos poseen tanto mientras otros apenas tienen lo necesario para vivir? ¿Por qué la abundancia convive con la carencia? ¿Por qué el esfuerzo de muchos suele traducirse en privilegio para unos pocos?


Aquella pregunta no nació de un día para otro. Fue tomando forma en la historia de los pueblos, en los campos donde se trabajaba sin recompensa suficiente, en las fábricas donde el esfuerzo humano parecía no tener descanso, en las ciudades donde el progreso convivía con la miseria. Fue una pregunta alimentada por millones de experiencias humanas que buscaban comprender las causas de la desigualdad.


La entrada del Ejército Rojo a Berlin y la derrota del nazi-fascismo en la segunda guerra mundial. "Bandera de la victoria sobre el Reichstag". Fotografía: Evguéni Jaldéi.
La entrada del Ejército Rojo a Berlin y la derrota del nazi-fascismo en la segunda guerra mundial. "Bandera de la victoria sobre el Reichstag". Fotografía: Evguéni Jaldéi.

En el siglo XIX, esa inquietud encontró una de sus expresiones más influyentes en el pensamiento de Karl Marx. Su mirada intentó descifrar los mecanismos que producían riqueza para unos y carencias para otros. Más que ofrecer respuestas definitivas, abrió un debate profundo sobre el trabajo, la propiedad, la distribución de la riqueza y el papel de las personas en la construcción de la historia.


Las ideas de Marx cruzaron continentes, atravesaron fronteras y llegaron también a América Latina. Aquí encontraron tierras fértiles para la reflexión, porque nuestras sociedades conocían bien las contradicciones entre abundancia y necesidad, entre privilegio y exclusión. Sus planteamientos fueron estudiados, discutidos, defendidos, cuestionados y reinterpretados por generaciones enteras que buscaban comprender las raíces de la injusticia y los caminos hacia una sociedad diferente.


Y, sin embargo, hubo una palabra que durante mucho tiempo bastó para despertar sospechas, cerrar puertas y justificar persecuciones.


Comunistas, esa era su condena.


No importaba cuántas preguntas formularan sobre la pobreza, la desigualdad o la concentración de la riqueza. No importaba cuántos esfuerzos hicieran por imaginar una sociedad distinta. Bastaba aquella palabra para convertir el debate en temor y la reflexión en condena.


Comunistas, ese era su pecado.


El pecado de creer que la historia podía cambiar. El pecado de afirmar que los pueblos tenían derecho a aspirar a una vida más digna. El pecado de imaginar que la riqueza producida por muchas manos debía servir al bienestar de todos.


Y así, durante décadas, la palabra fue utilizada unas veces como bandera y otras como acusación. Fue pronunciada con esperanza por algunos y con miedo por otros. Pero detrás de ella seguía latiendo la misma pregunta que nunca ha encontrado descanso: ¿Cómo construir una sociedad más justa para quienes la habitan?


Como toda gran idea, el Comunismo ha despertado entusiasmo y rechazo. Ha sido presentado como esperanza por unos y como amenaza por otros. Sin embargo, detrás de las interpretaciones, permanece una aspiración esencial: La búsqueda de una sociedad donde la dignidad humana no dependa de la fortuna, el origen o la posición social.


Más allá de los debates políticos, el Comunismo puede entenderse también como una metáfora de la solidaridad. Es la idea de que nadie debería caminar solo mientras otros avanzan; de que el conocimiento, el trabajo, la cultura y la esperanza adquieren un significado más profundo cuando pueden ser compartidos.


Por eso encuentra eco en una región marcada por profundas contradicciones. Porque aquí la justicia no es una abstracción filosófica. Es la escuela abierta para quien desea aprender. Es la tierra que alimenta. Es el trabajo que dignifica. Es la salud que protege. Es la posibilidad de mirar el futuro sin miedo.


El Comunismo ha sido teoría, movimiento, controversia y debate. Ha conocido luces y sombras, aciertos y errores. Pero ninguna experiencia ha logrado extinguir la pregunta que le dio origen. Porque mientras exista desigualdad, seguirá viva la búsqueda de nuevas formas de convivencia y de organización social.


Quizás su mayor valor no resida únicamente en sus propuestas concretas, sino en recordarnos que ninguna realidad humana es definitiva. Que las estructuras pueden transformarse. Que la organización de la riqueza, del trabajo y del poder no está escrita en piedra. Que el futuro siempre permanece abierto.


Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea imponer una doctrina ni derrotar otra. Tal vez el verdadero desafío consista en aprender a escucharnos sin miedo. Escuchar al que piensa diferente. Al que cuestiona. Al que propone. Al que sueña. Comprender que una sociedad madura se fortalece cuando las ideas se encuentran en el terreno del diálogo y no en el de la estigmatización.


El miedo ha escrito muchas páginas de nuestra historia continental. Pero ninguna sombra es eterna.


Porque los sueños colectivos poseen una resistencia extraordinaria. Cambian de forma, sobreviven a las derrotas, atraviesan generaciones y regresan una y otra vez bajo nuevos nombres y nuevas banderas.


Y quizás el Comunismo, más allá de todas las interpretaciones que se han construido a su alrededor, sea también eso: Un sueño persistente. El sueño de una humanidad capaz de reconocerse como comunidad. El sueño de una sociedad donde la dignidad no sea privilegio, sino derecho. El sueño de que la justicia deje de ser una promesa distante y se convierta en una realidad compartida.


Tal vez ese sueño nunca alcance una forma perfecta. Tal vez permanezca siempre en construcción, como permanecen los grandes horizontes. Pero mientras haya quienes imaginen un mundo más solidario, más igualitario y más humano, seguirá caminando entre los pueblos como una estrella lejana que guía el viaje.


Y entonces, cuando volvamos a preguntarnos qué va a pasar, quizás descubramos que la respuesta no estaba en el miedo, sino en la esperanza. No en las sombras que nos dividieron, sino en la capacidad de construir juntos un mañana más justo para todos.


Porque culpar a los comunistas de todos los males, o convertir al Comunismo en la explicación automática de cada fracaso y cada crisis, es renunciar a comprender la complejidad de nuestra propia historia. Los pueblos no sufren por una sola idea ni encuentran salvación en una sola doctrina. La realidad es siempre más profunda, más contradictoria y más humana que cualquier consigna.


Tal vez el primer paso hacia un futuro distinto consista en abandonar los prejuicios y atrevernos a comprender antes de condenar. Porque allí donde termina el miedo y comienza el conocimiento, nace también la posibilidad de un diálogo verdadero.


Y ningún pueblo avanza cuando teme pensar. Los pueblos avanzan cuando se atreven a comprender.


Publicado originalmente por Revista Digital Descentrados.cl 

 

Sobre la autora: Shirley Ruiz | Tejedora de sueños y sembradora de vida. Feminista, defensora de la vida y de los derechos humanos.


[Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autora y no representan necesariamente el punto de vista de LKNY]


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