Costa Rica 2026: Una encrucijada que interpela a Nuestra América
- Colectivo de Comunicación LaKanaya

- Jan 29
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El próximo domingo, 1 de febrero, Costa Rica no solo elegirá presidente y una nueva Asamblea Legislativa. Votará en un referéndum silencioso sobre su propia historia y su destino. Las urnas definirán si este país, símbolo durante décadas de una paz social construida desde el Estado, termina de claudicar ante un proyecto que busca reducir a cenizas ese legado para implantar, desde el caos, un neoliberalismo duro y un autoritarismo de nuevo cuño.
Las encuestas muestran una clara tendencia: Laura Fernández, la candidata del oficialismo y heredera política del presidente Rodrigo Chaves, lidera con casi un 44% de intención de voto, una cifra que le daría la victoria en primera vuelta. Su ascenso no es un accidente, es la culminación de una estrategia. Para entenderlo, debemos escarbar bajo la superficie del proceso electoral.
Las raíces de la fractura
La Costa Rica que fue elogiada mundialmente nació de una paradoja sangrienta: la guerra civil de 1948. Tras ella, una élite triunfante ilegalizó al partido comunista pero, prudentemente, adoptó partes clave de su programa social para construir un Estado de bienestar único en la región. Por décadas, instituciones públicas robustas en salud, educación y energía garantizaron movilidad social y una paz que hoy se antoja lejana. Este modelo comenzó a resquebrajarse en los 80, con la llegada del neoliberalismo, y recibió un golpe definitivo con la aprobación fraudulenta del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en 2007. El PAC, partido que llegó al poder en 2014, prometiendo cambio tras el desprestigio del bipartidismo tradicional, terminó siendo el ejecutor más ferviente de ese ajuste, aprobando leyes antipopulares y desmantelando la protesta social.
La doctrina del shock aplicada: crear el caos para vender la cura
Este es el terreno abonado donde crece el proyecto de Chaves y Fernández. Su receta es la del manual: debilitar deliberadamente las instituciones de control, confrontar a los poderes del Estado, debilitar las finanzas de las instituciones públicas, y sumir al país en una sensación de crisis perpetua. El resultado es palpable: la seguridad ciudadana es hoy la principal preocupación de los votantes, tras años récord de homicidios; el país pasó de ser un productor de sus propios alimentos a uno que importa la mayor parte de lo que se come; la salud y la educación públicas, así como las otrora poderosas instituciones del Estado, se desangran.
Hay que preguntarse: ¿Quién se beneficia de este caos? La estrategia es clara. Primero, se permite o incluso se estimula el crecimiento de la violencia y el narcotráfico. Luego, se ofrece como única solución la “mano dura”: megacárceles al estilo Bukele, estados de excepción y militarización. Mientras que el pueblo se ve obligado a decidir, entre el miedo y el hartazgo avanzan sin ruido los verdaderos objetivos: la privatización final de la energía, el agua y la salud, y la entrega total del país al capital transnacional y a la geopolítica de Washington. Fernández ya anunció que, de ganar, entregaría ministerios claves como Educación y Salud a sectores evangélicos, fusionando el neoliberalismo económico con un conservadurismo social retrógrado.

Una izquierda desarticulada y una oposición cómplice
Frente a esta ofensiva, la respuesta ha sido débil. La "izquierda" electoralmente viable, representada hoy por el Partido Frente Amplio, optó por una estrategia de moderación, renunciando a disputar el relato de ruptura y refugiándose en la defensa estéril de lo que queda del estado de bienestar. Mientras, los partidos de la derecha (Liberación Nacional y Acción Ciudadana) están profundamente desprestigiados y son señalados, con razón, como los arquitectos originales de la crisis. El panorama es una fragmentación extrema: 20 candidaturas presidenciales compiten, diluyendo cualquier alternativa coherente. De ellas, al menos 17 responden a la estrategia del oficialismo, saturando la oferta electoral con opciones de ultraderecha para capturar el voto del desencanto.
Un espejo para la región
Costa Rica se encuentra, por tanto, en la antesala de una capitulación histórica. No se vota solo por un gobierno, sino por la adopción definitiva de un modelo que ya recorre Nuestra América: el de Bukele, Milei y la Doctrina Trump. Un modelo que combina la acumulación por despojo más voraz con un férreo control social, vendido como la única salvación ante un infierno que ellos mismos ayudaron a crear.
Los grandes perdedores, más allá del resultado del 1 de febrero, ya están identificados: el pueblo trabajador costarricense y todas las fuerzas que creyeron que podían jugar dentro de las reglas de un sistema que está siendo demolido a propósito. La elección costarricense es un espejo en el que debemos mirarnos todos los pueblos del sur. Nos advierte que cuando se abandona la defensa militante de lo público, cuando se deja de construir poder popular en los territorios, el camino queda despejado para que avance, sonriente y prometedor, el fascismo del siglo XXI.
El 1 de febrero, Costa Rica decide. Pero nuestra lucha, hermanas y hermanos sudamericanos, es también de ustedes.
Texto: Allan Barboza-Leitón y Mónica Salas Chaverri, del Colectivo de Comunicación LaKanaya, para la Radio del Sur y Amoramérica Radio.



