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El rey está desnudo: Costa Rica y la gestión política del descontento (1995–2025)

  • Writer: Fernando Bermúdez Kuminev
    Fernando Bermúdez Kuminev
  • 4 days ago
  • 4 min read
Las elecciones presidenciales del 1 de febrero de 2026 en Costa Rica se anuncian como un parte aguas en la historia política del país. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.
Las elecciones presidenciales del 1 de febrero de 2026 en Costa Rica se anuncian como un parte aguas en la historia política del país. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.

El rey está desnudo, pero una mayoría insiste en negarlo. No por ingenuidad, sino porque el sistema político costarricense ha perfeccionado una forma eficaz de gobierno: administrar el malestar sin alterar las relaciones de poder que lo producen. Lo que hoy se vive no es una crisis repentina ni un extravío coyuntural, sino la maduración de un ciclo político que se abre a mediados de los años noventa y llega a 2025 sin haber sido resuelto.


El quiebre del consenso social que sostuvo al Estado costarricense puede situarse alrededor de 1995 -el golpe al Magisterio-. Desde entonces, el país ha transitado un proceso de reformas estructurales que redujeron el papel del Estado, reorientaron la política económica y trasladaron el conflicto social hacia nuevas formas de contención. El Combo ICE del año 2000 fue el primer momento en que ese proyecto encontró una resistencia popular amplia y organizada. Aquella movilización no detuvo el rumbo económico, pero obligó a los grupos de poder a modificar su estrategia: el conflicto debía ser canalizado, no confrontado abiertamente.


Ese aprendizaje se expresó con claridad en el surgimiento y consolidación del Partido Acción Ciudadana. El PAC terminó cumpliendo una función histórica distinta: servir como instrumento político para garantizar la continuidad del modelo económico bajo un ropaje de renovación democrática. La aprobación del Tratado de Libre Comercio en 2007 marcó el punto de inflexión. Tras esa derrota social, el campo político quedó despejado para una fase de profundización estructural sin hegemonía, pero también sin oposición eficaz.


Entre 2014 y 2022, ya en el ejercicio del poder, el PAC jugó un papel decisivo en la consolidación de reformas largamente demandadas por los grupos de poder económico. La reforma fiscal, la ley de empleo público y la legislación anti-huelgas no fueron accidentes ni concesiones forzadas: constituyeron el núcleo de un proyecto de disciplinamiento del trabajo, reducción de la conflictividad social y blindaje macroeconómico. Bajo un discurso progresista en lo cultural y moderado en lo político, el PAC facilitó una reestructuración del Estado que debilitó la capacidad de acción colectiva y cerró aún más los márgenes de disputa democrática.


La Ex-presidenta Laura Chinchilla le entrega la  banda presidencial a Luis Guillermo Solís, del Partido Acción Ciudadana (PAC). Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.
La Ex-presidenta Laura Chinchilla le entrega la banda presidencial a Luis Guillermo Solís, del Partido Acción Ciudadana (PAC). Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.

Paralelamente, la izquierda organizada transitó su propio ciclo de avances y retrocesos. El Frente Amplio, fundado en 2004, emergió como la principal expresión de centro-izquierda del país, logrando articular distintos núcleos sociales, sindicales, comunitarios y territoriales. Su desempeño electoral ha sido históricamente desigual: desde tener únicamente una representación hasta alcanzar un máximo de nueve diputados, seguido de co-gobernar -vulgarmente e ingenuamente- el Ejecutivo. Estas oscilaciones no son solo producto de errores tácticos, sino del terreno político profundamente adverso que dejó la derrota del 2007 y la posterior institucionalización del conflicto.


El período legislativo actual, con seis diputados, muestra a un Frente Amplio que ha optado por una estrategia de diálogo, negociación y construcción de acuerdos dentro del marco de la hegemonía del sistema económico vigente. Esta disposición ha permitido incidir parcialmente en debates clave y frenar algunos excesos -como la Ley 4x3-, pero también ha evidenciado los límites de una política que acepta el marco estructural como dado. El Frente Amplio ha demostrado capacidad técnica y responsabilidad institucional, lo que no ha logrado — y probablemente no sea de su interés— es transformar las reglas profundas del juego.


Fuera de este espacio, las otras izquierdas no han conseguido constituirse como alternativa de masas. Sus propuestas, fragmentadas y en muchos casos encerradas en una lógica testimonial, no han penetrado en las grandes mayorías y sus territorios -regidurías, alcaldías o incluso síndicos-. Territorialmente concentradas en el Valle Central y desconectadas de amplios sectores populares, estas expresiones políticas han sido incapaces de disputar el sentido común construido durante décadas de hegemonía neoliberal. El resultado es una izquierda dispersa, con densidad discursiva, pero escasa capacidad de acumulación social.


En 2018 se pasa por una reconfiguración del conflicto: el enemigo dejó de ser económico y pasó a ser cultural. El ascenso de fuerzas evangélicas introdujo una narrativa moralizante que desplazó la frustración material hacia el terreno de los valores, los derechos humanos y las identidades. El PAC retuvo el poder como una suerte de mal menor, ofreciendo protección simbólica a sectores que enfrentaron violencia política, mientras preservaba intacta la arquitectura económica que producía el malestar de fondo.


Los 8 años del Partido Acción Ciudadana (PAC) en el Poder Ejecutivo costarricense derivaron en el gobierno del ultraderechista Rodrigo Chaves. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.
Los 8 años del Partido Acción Ciudadana (PAC) en el Poder Ejecutivo costarricense derivaron en el gobierno del ultraderechista Rodrigo Chaves. Fotografía: Allan Barboza-Leitón | Colectivo de Comunicación LaKanaya.

La elección de 2022, con la victoria de Rodrigo Chaves sobre José María Figueres, no representó una ruptura con este proceso, sino su expresión más cruda. Chaves encarna un fenómeno nuevo para Costa Rica: confronta instituciones, desacredita mediaciones y personaliza el poder, pero no toca los intereses estructurales. Que en 2025 mantenga niveles de apoyo cercanos al 60% no es señal de fortaleza democrática, sino de una sociedad cansada de un sistema que promete cambios y entrega continuidad.


Costa Rica no atraviesa una crisis excepcional, atraviesa la forma de un modelo cuando ha perdido legitimidad, pero conserva poder. El rey no solo está desnudo: ha logrado convencer a una mayoría de que la desnudez es virtud, mientras el traje —el modelo económico— permanece fuera del alcance democrático. El desafío no es solo elegir nuevos administradores del malestar -que parecen ser necesarios en el imaginario-, sino reconstruir una fuerza social y política capaz de tomar el poder real y que desde ahí se potencie un proceso transformativo de fondo.


Sobre el autor: Fernando Bermúdez Kuminev pertenece a la Organización Política Carmen LyraComunista, gestor ambiental, ecoalfabetizador y padre. Es locutor en el programa de análisis geopolítico Espresso Americano y escritor del blog Mundo desde la Esquina.


[Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de LKNY]










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