UN 1ro DE MAYO DONDE DOS MUNDOS COEXISTIERON EN NUESTRA CAPITAL
- Colectivo de Comunicación LaKanaya

- May 4
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La Avenida Central y la Avenida Cuarta no descansan, ni siquiera el primero de Mayo. Mientras el calendario marca el feriado obligatorio para algunxs y las publicaciones en redes sociales digitales evocan a la lucha histórica de la clase trabajadora en esta fecha, la realidad en San José se impone con crudeza. Trabajadores y trabajadoras de la informalidad ocupan estas avenidas vendiendo cargadores, carteras, juguetes o cualquier otro objeto que les permita llevar unos cuantos miles de colones de vuelta a sus hogares al finalizar sus jornadas. Para ellxs pareciera que no hay conmemoración este día, porque la subsistencia no puede pausarse.
Al mismo tiempo, a pocas cuadras, otro mundo intenta hacerse visible. Sobre la Avenida Segunda, como sucede año con año, nos congregamos sindicatos, partidos políticos progresistas, representantes de las universidades públicas y diversas organizaciones sociales para movilizarnos hacia el Parque de la Democracia y reivindicar la lucha laboral de la clase obrera. Ambos escenarios, tan cercanos geográficamente, parecieran habitar mundos paralelos desconectados entre sí.
Este primero de Mayo no solo evidenció que no hemos logrado recuperar la capacidad de convocatoria que se tuvo previo a la pandemia (como fueron las jornadas históricas de movilizaciones contra el COMBO del ICE y el TLC) y a la Ley Antihuelgas del gobierno Alvarado Quesada sino que también dejó al descubierto una fragmentación que, en muchos sentidos, representa una radiografía del estado actual del movimiento social costarricense: disperso, desarticulado y con serias dificultades para unificar luchas comunes.
Al recorrer la movilización se observaba que cada sindicato parecía avanzar por su cuenta, con sus propias consignas. Algunos gremios que anteriormente destacaban por su capacidad de convocatoria y combatividad, ahora apenas mostraban la participación de algunas decenas de sus bases presentes, otros apenas lograron movilizar a un número cercano al de sus propias dirigencias; y otros, sencillamente, no estuvieron presentes. El movimiento estudiantil, históricamente combativo, que se enfrenta a la coyuntura de defensa del FEES apenas se mostró con una baja y preocupante convocatoria, si consideramos la necesidad urgente de salir a defender la educación superior en las circunstancias actuales. Por su parte, los partidos políticos mostraron bloques que, aunque más concurridos, no parecían interesados en interpelar directamente a quienes, en teoría, son el sujeto político de sus luchas.
La baja capacidad de convocatoria resulta alarmante y nos obliga a plantearnos interrogantes incómodas: ¿dónde están las bases sindicales y por qué no se sienten interpeladas? ¿dónde están los sindicatos del ICE ante las amenazas que penden sobre nuestro sistema eléctrico nacional? ¿dónde están las organizaciones de trabajadorxs de la CCSS en medio de una de sus más graves crisis? ¿qué explica la débil participación de los trabajadores del Banco de Costa Rica, a las puertas de una posible privatización? ¿qué ocurre con el movimiento estudiantil y universitario, históricamente protagonista de las luchas sociales, en medio de una de las peores crisis educativas? Por otra parte, frente a la ausencia de una estrategia común, cabe también preguntarnos con honestidad: ¿nos estamos preparando para lo que se viene con el nuevo gobierno de Laura Fernández? Que ya nos ha anticipado con total claridad su agenda.

Las consignas de las mantas y pancartas, aunque legítimas en su contenido, parecían estar aisladas entre sí. Cuando un cartel se limita a señalar que “La regla fiscal no debe limitar el derecho a la educación”, sin cuestionar la existencia misma de la regla fiscal, ni su impacto sobre el conjunto de nuestras instituciones (más allá de las educativas), se fragmenta la lucha. Si no somos capaces de vincular cada exigencia con la raíz del problema estructural y articular una crítica al modelo económico y político que se sostiene sobre la exclusión, la explotación y la acumulación, nuestras demandas se alejan del horizonte de posibilidad de una transformación de esta realidad.
Mientras la marcha avanzaba, la escena en los alrededores era reveladora. Trabajadoras y trabajadores de tiendas y transeúntes observaban el paso de las personas manifestantes como quien presencia algo ajeno. Los mensajes emitidos desde los micrófonos eran oídos, pero no escuchados. No pudimos palpar un esfuerzo sistemático por comunicar y explicar por qué marchamos, por vincularse o abrir espacios de diálogo con la población costarricense, que continuaba indiferente su rutina, entre trabajo, compras y mandados. Colectivos actuando como si el pueblo tuviera la obligación de entenderles, cuando en realidad la política nos exige una disputa consciente del sentido común.
Por eso salir a las calles no puede reducirse a trasladarse de un punto A a un punto B enarbolando pancartas; la movilización exige organización, diálogos previos entre los distintos movimientos, distribución de responsabilidades y sobre todo, una construcción colectiva de sentido. Si los movimientos sociales somos incapaces de coordinar una jornada simbólica como el primero de mayo para al menos asegurar una marcha ordenada y con objetivos, ¿tendremos la capacidad de sentarnos a dialogar en lo pronto para articular una estrategia común frente a la ofensiva autoritaria neoliberal que se profundiza en nuestro país?
Cuando los movimientos sociales hablamos en nuestras cámaras de eco, no logramos que los sectores populares se sientan representados ni convocados. Sin construir herramientas capaces de politizar y movilizar a ese sujeto colectivo que decimos representar se genera un vacío. Es precisamente en ese vacío, en esa desconexión, en donde otros actores logran posicionarse y capitalizar el malestar social acumulado, canalizándolo en opciones políticas como el binomio Chaves-Fernández. Cuando el pueblo no cuenta con herramientas críticas para comprender su realidad, corre el riesgo de convertirse en instrumento ciego de su propia destrucción.
El desafío es tan urgente como evidente. Un cambio significativo en la manera de hacer política es posible, en la forma de ejercer el poder, en el funcionamiento del Estado moderno, pero eso implica reconstruir la capacidad de encuentro y diálogo dentro del movimiento social. Y más importante aún, con la población que observa indiferente nuestras demandas. Se vuelve imprescindible construir una estrategia común y definir con claridad el proyecto que queremos para Costa Rica, entendiendo que el consenso no representa una debilidad, sino el momento más racional de la política. Pero sin pueblo, no hay proyecto político posible. Y aquí radica el núcleo del problema. Un pueblo que no se reconoce como protagonista de la política difícilmente podrá ejercer soberanía.
Al finalizar la movilización, la dispersión fue inmediata. Cada organización regresó a su espacio, a su fragmento de lucha. Y mientras tanto, en las calles de San José, los trabajadores continuaron con su jornada cotidiana. Dos mundos paralelos coexistieron ese día en nuestra capital. ¿Por cuánto tiempo más podremos seguir marchando, y qué sentido tiene, si no nos acompaña el pueblo al que decimos representar?
EDITORIAL | Colectivo de Comunicación LaKanaya [LKNY]



